Últimas palabras de su madre motivan a una mujer a bajar 39 kilos
Cherie Hart Steffen volteó a ver a su profesor, que estaba en el vestíbulo de la Universidad.
“¿Qué?”, preguntó segura de haber escuchado mal. Él repitió: “Precious… ya sabes, la de la película”.
Los estudiantes que los rodeaban
empezaron a reír. Steffen solo estaba incrédula. Su profesor la acababa
de comparar con el personaje obeso que encarnó Gabourey Sidibe en la cinta de 2009.
“Fue como si… alguien me hubiera golpeado en la cabeza con una sartén”, recuerda.
Su mente viajó al pasado seis meses, cuando un hecho cambió su vida,
en junio de 2009. Su madre —su mejor amiga en el mundo— estaba muriendo.
Steffen condujo toda la noche con la esperanza de verla por última vez.
LaVerne Hart se las arregló para darle a su hija dos consejos antes de
sucumbir ante el cáncer que se había esparcido por todo su cuerpo.
“Ahorra. Baja de peso”, dice Steffen; esas fueron las palabras que se quedaron grabadas para siempre en su cerebro.
Steffen no hizo caso inmediatamente. No podía hacer ejercicio a causa
de una hernia de disco en una vértebra lumbar; la pena la había llevado
a buscar consuelo en la comida. En los meses que transcurrieron después
de la muerte de su madre, subió entre 14 y 18 kilos. Sin embargo, ese
momento con su profesor fue la gota que derramó el vaso.
“Es suficiente”, pensó, mientras la multitud que la rodeaba se disipaba. “Hagámoslo”.
La hija de una modelo
Las hermanas mayores de Steffen eran naturalmente delgadas. Se
parecían a su madre, quien había sido modelo. Pero ese no fue el caso de
Steffen: creció siendo fornida y durante su adolescencia subió de peso.
Ella y su madre peleaban constantemente por su talla. Hart presionaba
a su hija para que bajara de peso, pero seguía comprando comida
chatarra para toda la familia.
“(Mi madre) no sabía cómo lidiar con eso (...) Yo comía lo que todos
comían… Ninguno de sus otros hijos se parecía a mí”, recuerda Steffen.
Desesperada, Steffen lo intentó todo. Desde dietas extremas hasta
ejercicios extremos. Llegó el momento en el que ingería menos de 500
calorías al día. Perdía peso por un período breve y luego lo volvía a
subir cuando la vida real ganaba la batalla.
Ir de compras la hacía sentir miserable. “En realidad no hacen ropa
grande que se vea atractiva (...) Todo parece una lona”. Miraba
anhelante mientras sus amigas se probaban prendas bonitas y salían en
citas. Su primer beso se pospuso hasta la universidad.
Llegó el momento en el que pesaba 105 kilos y medía 1.57 metros.
Lento pero seguro
El humillante incidente de Precious ocurrió en enero de
2010. Esa noche, Steffen se subió a la caminadora que tenía en su casa y
caminó durante 10 minutos. Fue difícil, pero se prometió hacerlo de
nuevo al día siguiente. Bajaría de peso sin importar cuánto tiempo le
tomara.
Todos los días caminaba un poco más. Para finales de año, había
perdido 15 kilos y había empezado a trotar. Aún no se ejercitaba fuera
de la casa, por temor al ridículo.
Se iba a graduar pronto en justicia criminal y pensó que sería una
buena oficial de policía. Empezó a prepararse para el examen de aptitud
física, pero una fractura de tibia le impidió que asistiera a las
pruebas en la academia.
La depresión llegó sigilosamente. Steffen pensó acerca de lo que
quería hacer realmente. Se dio cuenta de que era feliz con su nueva
rutina de salud. ¿Podría trabajar en el sector del acondicionamiento
físico? Investigó un poco y se encontró con el programa de certificación
de entrenadores personales de la Academia Nacional de Medicina del
Deporte de Estados Unidos.
El entrenamiento personal es un sector en auge, dice el vocero de la academia, David Van Daff.
“Todos están conscientes de que hay una crisis (de obesidad), una
epidemia”, dice. “La gente está intentando varios métodos para mejorar
su condición física, pero no tienen éxito de forma independiente.
Reconocen que necesitan un entrenador, alguien que los motive y que los
haga ser responsables”.
Los entrenadores personales proporcionan a los clientes programas
para cumplir sus objetivos, dice Van Daff, ya sea perder peso,
desarrollar músculo o condición física en general. En la certificación
de la Academia Nacional de Medicina del Deporte se enseña de todo, desde
anatomía básica hasta quinesiología, pasando por técnicas de
motivación.
A Van Daff le encanta ver que las personas que han perdido una cantidad significativa de peso se vuelvan entrenadores.
“Para quien trabaja en este sector es útil poder identificarse con
sus clientes desde una perspectiva personal”, dice. “Si tienes un
entrenador que sabe lo que es tener entre 14 y 18 kilos de sobrepeso…
eso ayuda a ganarse la confianza (del cliente)”.
Steffen aprobó su examen de certificación mientras perdía entre 14 y
18 kilos más. Designó el 2012 como el año para correr: corrió su primera
carrera de 5 kilómetros en mayo y su primer medio maratón más adelante
ese año. Para finales del año, finalmente se inscribió en un gimnasio y
empezó a levantar pesas.
“(Pensaba que) me veía bien con mi ropa, pero, ¿lucía bien desnuda?”, dice riendo.
Ahora, va al gimnasio entre cinco y seis días a la semana para
entrenar y correr. También ha mejorado sus hábitos alimenticios. Steffen
hace cinco comidas pequeñas al día y casi siempre incluye proteínas, ya
sea pollo, atún, yogurt griego o pescado. En el trabajo, hay un galón
de agua en su escritorio. (“Voy constantemente al baño”, dice). Ha
dejado de comer papas fritas y pan francés, que posiblemente son sus dos
perdiciones dietéticas, aunque se consiente en una comida a la semana.
Todo su esfuerzo ha rendido frutos. Steffen ha perdido 39 kilos e inspira a otras personas en su blog, CherieRunsThis.com.
Salir adelante
Hace casi un año, Steffen se topó con su antiguo maestro del colegio, el que la llamó Precious. No lo había visto desde la graduación.
Como si fuera una escena de una película, Steffen dejó caer una
naranja y esta rodó por el suelo. Su profesor la levantó mientras un
millón de frases cruzaban por su mente.
“Había soñado con este momento”, dice. “Pensé que entraría en su oficina y le diría: ‘Mírame ahora’”.
Pero simplemente le dijo: “Gracias”.
“Si no hubiera dicho lo que dijo, nada de esto habría pasado”, explica. “Él todavía no tiene idea”.
Por ahora, Steffen trabaja como consultora de arrendamiento en un
complejo de departamentos, pero está estudiando para volverse
especialista en nutrición deportiva en la Academia Nacional de Medicina
del Deporte y espera llegar a tener suficientes clientes como para ser
entrenadora personal de tiempo completo.
También tiene la mira puesta en unas cuantas competencias de bikinis,
tal vez para hacer un homenaje a la carrera de modelaje de su madre. Se
imagina que Hart enloquecería si la viera ahora y de inmediato querría
ir de compras.
“Le hubiese encantado que la haya escuchado y que haya seguido su
ejemplo”, dice Steffen. “Estaría realmente orgullosa de mí porque lo
hice bien”.