Cuando la identidad se queda en el limbo
A sus veinte años, la muchacha de carne tersa y sonrisa amplia siente
que todos sus proyectos están en el limbo, porque en la Oficialía del
Estado Civil de Guaymate, donde en 1992 la declararon dominicana, hoy le
niegan una copia o extracto de su acta de nacimiento. Sin ese documento
no puede conseguir la cédula de identidad, y sin la cédula no puede
buscar un trabajo formal o estudiar la carrera universitaria en la que
siempre se proyectó: Administración de Empresas.
Sentada bajo uno de los árboles que dan sombra en el patio común del
batey, y con un repentino brillo en sus ojos negros, Carmela dice que
tiene miedo al futuro. Teme vivir para siempre en la miseria heredada de
sus padres. Y teme, sobre todas las cosas del mundo, condenar a su hijo
al mismo destino, a la misma incertidumbre. “Ahora estoy pensando en
los papeles de mi hijo. Quiero que estudie para que se haga profesional y
pueda trabajar, que no esté rondando por ahí, que no se haga un vago,
un delincuente”, explica la muchacha, mientras se acaricia la barriga
henchida por un sano embarazo de siete meses.
El problema existencial de Carmela Noel Luis es el mismo por el que
atraviesan otros miles de niños, adolescentes, jóvenes y adultos de
República Dominicana.
Fueron afectados por la resolución 12-2007 de la Junta Central Electoral (JCE).
La medida suspende las actas de nacimiento (y las cédulas emitidas a
partir de ellas) que contengan vicios o irregularidades como: uso de
tintas no autorizadas; escritura posterior a la clausura del libro de
registro; contenido modificado de manera ilegal; duplicidades de
información; alteraciones de fechas, nombres u otras formalidades
importantes.
El presidente de la JCE, Roberto Rosario, asegura que la acción
administrativa tiene un carácter general, porque pretende el saneamiento
amplio del Registro Civil.
Sin embargo, por casualidad, por asuntos del azar, por la decisión
deliberada de algún funcionario o por cualquier otro motivo, con la
resolución 12-2007 se afectó específicamente a una gran cantidad de
dominicanos (se habla de más de 20 mil), cuyos progenitores son
inmigrantes haitianos que se establecieron definitivamente en el país
después de trabajar durante veinte, treinta y hasta cuarenta años en la
otrora pujante industria del azúcar.
Así lo confirma un estudio del Servicio Jesuita a Refugiados y
Migrantes, el cual ubica a la mayor parte de los afectados en los
bateyes de San Pedro de Macorís, Monte Plata, Bahoruco, Barahona y La
Romana. La investigación indica que en el 59% de los casos de suspensión
de actas, las afectadas son mujeres, mientras que los hombres son el
41%.
“El tramo de edad que resulta más afectado (48%) se sitúa entre los
15 y los 24 años, seguido por el tramo incluido entre los 25 y los 29
años (14%)”, señala el informe para referir que en el grupo de “sin
papeles” generado por la acción administrativa de la JCE, los jóvenes
productivos son la gran mayoría. Si el Estado no les devuelve la
condición civil plena, cada vez que uno se reproduzca reproducirá en sus
hijos el mismo limbo documental, como lo hará Carmela Noel Luis en los
cañaverales de La Romana.
De la pasividad al reclamo
Los inmigrantes haitianos que en el siglo pasado llegaron al país
bajo contrato con el Gobierno o con el sector privado para trabajar en
los campos de caña de la industria azucarera, no solían responder de
manera organizada a las políticas oficiales. En el libro “La nueva
migración haitiana”, el historiador y diplomático Rubén Silié, registra
que eran pobres campesinos, hombres y mujeres de baja o nula educación
formal que andaban por esta parte de la isla tratando de superar la
pobreza enciclopédica de Haití. Durante décadas fueron sujetos pasivos
frente a los diferentes tipos de abusos que se cometían en su contra.
Pero sus descendientes no quieren ni pretenden asumir la misma
conducta. Nacieron, crecieron, se educaron, trabajan o pretenden
trabajar en este territorio, considerándose tan dominicano como el que
más.
Luego de que la JCE los afectara con la resolución 12-2007,
aprovecharon el respaldo del Centro Bonó para agruparse en una
organización sin fines de lucro que denominan “Reconocido”. Desde esta
plataforma mantienen una lucha pacífica en reclamo de que el Estado les
permita acceder a los documentos de identidad que necesitan para
ingresar al sistema de educación superior, a la seguridad social, a
puestos de trabajo de mayor calidad o a la simple lista de matrimonios
legales.
“Teníamos una vida normal, como cualquier otra persona de este país.
Pero de repente, cuando vamos a exigir nuestros documentos, nos dicen
que no nos los pueden dar, que estamos en una situación irregular. Eso
es un golpe duro, muy duro”, dice Juan Enrique Telemín, uno de los
jóvenes que coordinan “Reconocido” en los bateyes de La Romana.
Dinámico, alegre, y con facilidad para expresar sus ideas, Juan Enrique
es quien mantiene motivadas a Carmela Noel Luis y a las demás muchachas
de Guaymate para que no se rindan hasta que la Junta les devuelva “el
derecho a la identidad”.
“Reconocido” tiene presencia en las diferentes regiones del
territorio. Ha levantado su voz frente a la Suprema Corte de Justicia,
en los alrededores de la JCE, en el Congreso Nacional, en varios foros
políticos y ciudadanos, y hasta en el Parque Independencia, símbolo
eminente de la dominicanidad. En cada escenario la táctica de reclamo
parece la misma: decenas o cientos de personas vestidas de negro (como
señal de luto) se reúnen a cantar, a recitar poemas, a lanzar consignas,
y a levantar pancartas contra lo que consideran racismo, prejuicio y,
sobre todo, una política de registro civil violatoria de sus derechos
fundamentales.
“¿Si no soy de aquí, de donde soy?”, “Somos dominicanos, y tenemos
derechos”; “puedo ser extranjera en cualquier lugar, menos aquí”, rezan
algunos de los carteles y consignas que los afectados alzan frente a
las autoridades.
En los tribunales
En los tribunales
Como sus manifestaciones públicas no han cambiado en nada la
resolución 12-2007, ni sus consecuencias, los ascendientes de haitianos
que se agrupan en “Reconocido” armaron un equipo legal y subieron a los
tribunales a defender sus derechos.
Presentaron sus argumentos. Debatieron con los representantes de la
Junta. Y, después de analizar a fondo el caso de “desnacionalización”
premeditada, como lo llaman en el Centro Bonó, jueces de El Seibo, Monte
Plata, Higüey y San Pedro de Macorís ordenaron que el pleno de la JCE
entregara sus respectivas actas de nacimiento y cédulas de identidad a
más de 200 personas. Pero la institución tampoco cedió. Apeló los
veredictos. Y en marzo, por la insistencia de una generación que no
parece rendirse como lo hicieron sus padres bajo la explotación de la
zafra, el tema discutirá en una de las salas de audiencia de la Corte
Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).
“Se puede esperar una condena irrevocable para el Estado dominicano,
que probablemente tendrá que indemnizar a los afectados”, prevé el
abogado constitucionalista Cristóbal Rodríguez, seguro de que, en este
caso, la Justicia está del lado de los dominicanos y dominicanas que
tienen sus vidas civiles suspendidas por la famosa resolución de la
Junta Central Electoral. l
Perfiles de los afectados
Javier de la Rosa
No pudo llegar a grandes ligas
Javier de la Rosa (22 años) duró seis años practicando béisbol en Barrio Lindo, San Pedro de Macorís. Ya estaba listo para firmar un contrato profesional con los Indios de Cleveland, pero, por falta de un acta de nacimiento, no pudo llegar a donde juegan las grandes estrellas de su deporte favorito. Ahora trabaja cargando galones en Agua Pelícano.
No pudo llegar a grandes ligas
Javier de la Rosa (22 años) duró seis años practicando béisbol en Barrio Lindo, San Pedro de Macorís. Ya estaba listo para firmar un contrato profesional con los Indios de Cleveland, pero, por falta de un acta de nacimiento, no pudo llegar a donde juegan las grandes estrellas de su deporte favorito. Ahora trabaja cargando galones en Agua Pelícano.
Marleny Silvano
Aspirante a profesional
Marleny (16 años) tiene copia de su acta de nacimiento. Pero cuando va a la oficialía a buscar un extracto para inscribirse en un nuevo centro educativo, las autoridades le explican que su vida civil está suspendida, por la resolución 12-2007. “Yo trato de ir a todas las actividades del movimiento, porque quiero seguir estudiando”, dice.
Aspirante a profesional
Marleny (16 años) tiene copia de su acta de nacimiento. Pero cuando va a la oficialía a buscar un extracto para inscribirse en un nuevo centro educativo, las autoridades le explican que su vida civil está suspendida, por la resolución 12-2007. “Yo trato de ir a todas las actividades del movimiento, porque quiero seguir estudiando”, dice.
Ramón Fanellys
Trabajador de la caña
Ramón Fanellys (60 años) tiene cédula de identidad dominicana. Pero necesita un extracto de acta de nacimiento para aplicar en el sistema de pensiones. Ha trabajado por más de treinta años en los campos de caña y los RD$700 que recibe mensualmente del Programa Solidaridad no le alcanzan para vivir, y mucho menos para atender su precaria salud.
Trabajador de la caña
Ramón Fanellys (60 años) tiene cédula de identidad dominicana. Pero necesita un extracto de acta de nacimiento para aplicar en el sistema de pensiones. Ha trabajado por más de treinta años en los campos de caña y los RD$700 que recibe mensualmente del Programa Solidaridad no le alcanzan para vivir, y mucho menos para atender su precaria salud.
Fuentes: http://www.elcaribe.com.do